El G7 de Francia gestiona sus grietas sin cerrarlas: China, Ucrania, Oriente Medio y comercio quedan en suspenso
La cumbre del 15 al 17 de junio confirma que el club de las democracias ricas coordina cada vez menos y administra cada vez más sus diferencias.
La cumbre del G7 celebrada del 15 al 17 de junio en Francia terminó, como se anticipaba, gestionando divergencias antes que resolviéndolas. La foto de familia oculta una agenda en la que los socios transatlánticos apenas encontraron terreno común en comercio y en gobernanza de la inteligencia artificial.
Las fracturas son estructurales. La relación con China, el grado de compromiso con la OTAN, el apoyo a Ucrania y la postura ante el conflicto en Oriente Medio dividen a los miembros en líneas que ya no se disimulan. La política arancelaria estadounidense añade tensión directa entre aliados que, en teoría, comparten bando.
El entorno de la cumbre fue tan revelador como la sala. Francia afrontó la movilización de coaliciones diversas —grupos anti-G7, activistas climáticos, colectivos propalestinos, movimientos anti-UE—, una señal de la erosión de legitimidad que arrastra el formato.
El G7 sigue siendo útil como mecanismo de coordinación de emergencia, pero su capacidad de fijar la agenda global se reduce a medida que crece el peso de bloques alternativos. La cumbre de Francia no produjo una ruptura; produjo algo más corrosivo: la confirmación de la deriva.
Valoración: el G7 ha pasado de fijar la agenda global a administrar su propio desacuerdo, y esa transición es estructural, no coyuntural. Cuando el bloque que escribía las reglas solo logra gestionar divergencias sobre China, Ucrania, Oriente Medio y comercio, el vacío normativo no queda vacío: lo ocupan otros centros de poder y la fragmentación en esferas tecnológicas y regulatorias rivales.
Lo que vigilar: la brecha comercial transatlántica como principal línea de fractura interna —los aranceles ya enfrentan a aliados teóricos— y la capacidad creciente de bloques alternativos para fijar estándares de facto. La pregunta operativa no es si el G7 sobrevive, sino qué porcentaje de la gobernanza global sigue decidiéndose en su sala.